Creo que el primer amor tiene algo que los demás no tienen. No necesariamente porque haya sido el mejor amor de nuestra vida. Ni porque esa persona fuera perfecta. Ni siquiera porque queramos volver. Simplemente fue la primera vez.
La primera vez que alguien nos puso nerviosos de verdad. La primera vez que esperamos un mensaje mirando el móvil. La primera vez que nos imaginamos un futuro con otra persona y pensamos que quizá podía ser para siempre. Y creo que por eso cuesta tanto olvidarlo.
Porque no solo recordamos a esa persona. Recordamos quiénes éramos nosotros cuando estábamos con él. Yo creo que muchas veces cuando decimos que echamos de menos a nuestro primer amor, en realidad también echamos de menos una versión de nosotros mismos. Una versión que sentía todo por primera vez, que se ilusionaba muchísimo con cosas pequeñas y que todavía no sabía cómo podían terminar algunas historias.
Con el tiempo aprendemos que no todas las personas se quedan, que querer a alguien no siempre es suficiente y que algunas historias terminan aunque no queramos. Pero eso no hace que lo vivido deje de ser importante.
De hecho, creo que no necesitamos olvidar a nuestro primer amor para seguir adelante. Podemos recordarlo sin querer volver. Podemos agradecer lo que nos enseñó y aceptar que pertenece a una parte de nuestra vida que ya pasó.
Quizá el primer amor nunca se olvida porque no es solamente una persona. Es un momento de nuestra vida que no podemos volver a vivir por primera vez. Y supongo que eso es lo que realmente echamos de menos.
Hay algo bastante absurdo en nosotros, muchas veces sabemos perfectamente qué cosas nos hacen daño y aun así volvemos a ellas.
Sabemos que una persona no nos conviene, pero miramos si está conectada. Sabemos que una canción nos va a hacer pensar en algo que queremos olvidar y la ponemos igualmente. Sabemos que abrir una conversación antigua probablemente no nos va a ayudar y aun así la abrimos.
Entonces, por qué?
Supongo que porque no siempre queremos aquello que nos hace bien. A veces queremos aquello que conocemos. Y aunque algo nos haga daño, si estamos acostumbrados a ello, dejarlo también da miedo.
Creo que también confundimos mucho la intensidad con los sentimientos. Pensamos que si algo nos hace sentir muchísimo tiene que ser importante. Y quizá sí lo sea, pero no significa que sea bueno para nosotros.
Hay personas que nos hacen sentir cosas que no sabemos explicar. Nos pueden hacer llorar, enfadarnos, ilusionarnos y volver a caer en lo mismo una y otra vez. Y a veces tardamos muchísimo en entender que echar de menos una sensación no significa que debamos volver a buscarla.
Quizá lo difícil no es saber que algo te hace daño. Lo difícil es aceptar que aun sabiéndolo puedes seguir queriéndolo.
Hay cosas que llevamos en la piel que, aunque intentemos esconderlas, siguen formando parte de nosotros.
Durante mucho tiempo intenté ocultar mis cicatrices de mil maneras. Con manga larga incluso en verano, con maquillaje, buscando siempre la forma de que nadie las viera. Y no era solo esconderlas, era estar constantemente pendiente. Pendiente de si se había subido una manga, de si alguien había mirado demasiado, de si la luz hacía que se notaran más, de si alguien iba a preguntar… y llega un momento en el que ese esfuerzo cansa, y cansa muchísimo.
Cansa mentalmente estar pensando todo el tiempo en cómo tapar una parte de ti o que tienes que controlar cada movimiento para que aquello que llevas en la piel no quede al descubierto. Hasta que, poco a poco, llegas a un punto en el que simplemente te da igual y no porque deje de doler.
Los comentarios siguen doliendo. Algunos han dolido tanto que he llegado a llorar por ellos. Porque cuando alguien opina sobre nuestras cicatrices, muchas veces no sabe absolutamente nada de lo que hay detrás. No sabe lo que vivimos, lo que sentimos, lo que nos costó llegar hasta donde estamos. Solo ve unas marcas en la piel y cree que tiene derecho a juzgarlas, pero esas marcas cuentan una historia. Una historia que solo yo conozco completamente y nadie más.
Mis cicatrices no tienen que ser bonitas para nadie, no tienen que ser agradables ni tienen que cumplir las expectativas de nadie. Tampoco tengo que sentir vergüenza por ellas para que los demás se sientan cómodos, porque al final son parte de mí. Y después de tanto tiempo intentando esconderlas, creo que también merezco descansar.
No quiero vivir pendiente de si alguien las ve. No quiero volver a sentir que tengo que taparme porque alguien pueda hacer un comentario. No quiero pasar otro verano escondida bajo una manga larga por miedo a una mirada.
Porque al final, quien quiera juzgar, juzgará. Quien quiera hablar, hablará. Y aunque duela, estoy aprendiendo que no puedo vivir intentando controlar lo que los demás piensan de mí.
Mi sueño es algún día poder irme de la ciudad donde vivo y empezar una vida en la que pueda conocer el mundo por mi cuenta.
Desde hace tiempo me imagino haciendo las maletas, dejando atrás todo lo que conozco y marchándome a descubrir lugares nuevos. No sé exactamente dónde acabaré ni cuánto tiempo estaré en cada sitio, pero sí sé que quiero conocer mundo, ver lugares diferentes, conocer otras culturas y vivir experiencias que no podría vivir quedándome siempre en el mismo lugar.
Me gustaría poder viajar sola, no porque no quiera tener a nadie a mi lado, sino porque quiero aprender a estar conmigo misma. Quiero saber cómo me siento cuando no tengo cerca a las personas de siempre, cuando tengo que tomar mis propias decisiones y cuando soy yo la única persona que puede decidir qué hacer con mi vida.
Creo que estar sola también me enseñaría muchas cosas. Tendría que aprender a desenvolverme, a solucionar mis propios problemas, a confiar en mí y a no depender siempre de alguien para hacer las cosas. Probablemente cometería errores, habría momentos en los que tendría miedo o echaría de menos mi casa, pero también sé que aprendería muchísimo de todo eso.
Quiero conocer lugares que ahora solo puedo imaginar, caminar por ciudades completamente desconocidas, probar comidas diferentes, escuchar otros idiomas, conocer personas con formas de pensar distintas a la mía, pero sobre todo quiero aprender. Aprender del mundo, de las personas y también de mí misma. Porque creo que cuando sales de todo lo que conoces empiezas a descubrir partes de ti que quizá nunca habías tenido la oportunidad de conocer. Quiero descubrir qué cosas me gustan de verdad, qué quiero para mi futuro, qué soy capaz de hacer sola y hasta dónde puedo llegar.
A veces siento que la ciudad donde vivo es demasiado pequeña para todos los lugares que quiero conocer. Hay una parte de mí que tiene muchísima curiosidad por saber qué hay más allá, por salir de lo conocido y vivir algo diferente y no quiero pasarme la vida preguntándome cómo habría sido si algún día me hubiera atrevido a irme.
Sé que seguramente no será fácil. Tendré que ahorrar, organizarme, aprender muchas cosas y enfrentarme a situaciones que ahora mismo ni siquiera puedo imaginar, pero aun así, quiero hacerlo. Quiero poder irme algún día con una mochila, mis cosas y las ganas de descubrir el mundo. Quiero perderme en lugares nuevos, equivocarme, aprender, conocer personas, crear recuerdos y volver a casa con historias que contar.
Y quizá algún día, después de haber recorrido muchos lugares, descubra que el mundo es muchísimo más grande de lo que imaginaba, pero también espero descubrir que yo soy mucho más capaz de lo que pensaba, porque mi sueño no es simplemente viajar.
El arrepentimiento es uno de los peores sentimientos que puede sentir alguien, porque no importa cuánto quieras cambiar las cosas, ya no puedes volver atrás.
Piensas una y otra vez en ese momento, imaginas qué habría pasado si hubieras tomado otra decisión, si hubieras dicho lo que realmente pensabas, si hubieras elegido irte en vez de quedarte o si simplemente hubieras hecho las cosas de otra manera. Lo peor es que tu cabeza siempre encontrará un ¿y si…?
A veces me gustaría poder volver atrás solo unos minutos para cambiar pequeñas cosas que en ese momento no sabía que iban a terminar importándome tanto, porque hay decisiones que tomamos sin saber que algún día nos arrepentiremos de ellas, y también hay momentos que no valoramos hasta que se convierten en recuerdos.
Quizá por eso duele tanto mirar atrás, porque injustamente nos castigamos por no haber sabido algo que solo aprendimos después, ahora sabes cómo terminó todo, pero cuando estabas viviendo ese momento no tenías ni idea de lo que iba a pasar y es muy fácil pensar que podrías haberlo hecho mejor, pero también tenemos que recordar que tomamos decisiones con la versión de nosotros mismos que existía en ese momento, la versión que no sabía todo lo que sabemos ahora, no teníamos las mismas experiencias, ni la misma forma de pensar…
Y hay muchas cosas de las que me arrepiento y probablemente siempre habrá alguna, pero tampoco quiero pasarme la vida deseando volver atrás, porque si pudiera volviera atrás, cambiaría lo que me hizo daño, pero también, estaría cambiando todas las cosas que aprendí gracias a ello.
Y quizá algún día deje de pensar tanto en lo que habría pasado si hubiera hecho las cosas de otra manera y quizá pueda mirar atrás sin querer cambiar nada, solo aceptar que pasó.
La gente no está siempre en la vida de alguien, a veces vienen para enseñarte algo y después desaparecen y es una de las cosas más difíciles de aceptar, ya que no todas las personas que queremos están destinadas a quedarse.
Algunas aparecen en un momento concreto de nuestra vida, nos hacen sentir cosas que nunca habíamos sentido, nos enseñan algo sobre nosotros mismos y, cuando menos te lo esperas, sus caminos y el tuyo empiezan a separarse y aunque al principio cuesta entenderlo y te preguntas qué hiciste mal, por qué cambió todo o por qué esa persona que antes estaba todos los días ahora parece una completo desconocido, piensa que quizá no siempre tiene que haber un culpable.
Hay personas que llegan para acompañarte durante años y otras que solo están durante unos meses, algunas se quedan para siempre y otras simplemente forman parte de un capítulo de tu vida y eso no significa que lo que viviste con ellas haya sido menos importante, porque aunque una persona desaparezca, lo que viviste con ella no desaparece. Se quedan las conversaciones, las risas, los momentos que nunca piensas olvidar, las canciones que ahora te recuerdan a él y hasta las pequeñas cosas que aprendiste gracias a esa persona.
A veces alguien entra en tu vida para enseñarte a querer, otras veces para enseñarte a poner límites, o para enseñarte lo que quieres, y aunque duela que esa persona ya no esté en tu vida, supongo que crecer también consiste en aprender a dejar ir.
No quiero decir que sea fácil o que tengas que olvidar a alguien simplemente porque ya no está, porque puedes echar de menos a una persona y, al mismo tiempo, saber que ya no quieres que vuelva a tu vida, puedes querer a alguien y entender que vuestros caminos ya no van en la misma dirección, quizá esa gente viene para acompañarte durante una parte del camino, dejarte una historia, una enseñanza, un recuerdo… y después continuar su propio viaje.
Y aunque al principio solo puedas pensar en que se han ido, algún día quizás puedas mirar atrás y pensar qué suerte haber coincidido contigo en aquella parte de mi vida, porque no todas las personas tienen que quedarse para haber sido importantes y algunas simplemente fueron parte del viaje.
Estoy cansada de la gente. Y lo digo porque llega un punto en el que te das cuenta de cómo es mucha gente de verdad. Me cansa la falsedad, me cansan las críticas, me cansa que todo el mundo tenga una opinión sobre la vida de los demás cuando ni siquiera saben la mitad de las cosas.
Estoy cansada de los que creen saber más de mi vida que yo. De los que hablan sin tener ni idea de como soy, de lo que siento o de por qué tomo las decisiones que tomo.
Me da asco esa costumbre que tiene la gente de juzgar todo. Si haces algo, hablan. Si no lo haces, también hablan. Si cambias, eres un problema. Si sigues siendo igual, también encuentran algo que criticar. Parece que siempre tienen algo que decir, aunque nadie les haya pedido su opinión.
Y luego están los que sonríen delante de ti y, en cuanto te das la vuelta, tienen la necesidad de hablar de ti. Esa clase de personas son las que menos quiero cerca. No entiendo por qué hay gente que disfruta inventando cosas, exagerando historias o metiéndose en la vida ajena como si fuera entretenido.
Con el tiempo he aprendido que no todo el mundo merece estar en mi vida. Antes intentaba caer bien, explicar las cosas o justificarme. Ahora ya no. Si alguien quiere entenderme, bien. Y si no, también. No pienso gastar energía intentando convencer a personas que ya han decidido juzgarme.
Prefiero rodearme de pocas personas, pero que sean sinceras, que estén cuando tienen que estar y que no cambien según quién tengan delante. Así que sí, estoy cansada de la gente. Cansada de la hipocresía, de las críticas, de los que hablan por hablar y de los que creen que conocen tu vida por lo poco que ven.
Hay cosas que son mucho más fáciles de explicar cuando le están pasando a otra persona, porque cuando se trata de ti, cuando tienes que intentar explicar lo que te pasa, todo se vuelve muchísimo más complicado.
Yo no estoy triste, solo me siento cansada de todo, de levantarte, de hablar, de pensar, de tener que hacer cosas, de contestar mensajes, de fingir que estoy bien cuando realmente no tengo ganas de hacer absolutamente nada.
Hay días en los que me meto en la cama y no me muevo y sé que debería levantarme, sé que tengo cosas que hacer, sé que el mundo no se va a parar porque yo no tenga ganas de moverme, pero aun así, no me levanto, y entonces me siento culpable, me digo que no tengo motivos para estar así, que hay gente que está mucho peor, que tengo algunas cosas buenas en mi vida, que debería estar agradecida y cuanto más cosas me lo digo, peor me siento porque empiezo a pensar que quizá el problema soy yo, quizá soy demasiado sensible, quizá pienso demasiado, quizá debería ser capaz de controlar lo que siento y lo peor es que, algunas veces, ni siquiera estoy triste ni cansada, simplemente no siento nada.
Las cosas que antes me hacían ilusión ya no me crean nada, como un plan que llevaba semanas esperando y de repente me parece demasiado y simplemente lo cancelo, y estoy empezando a echar de menos a una versión de mí que ya no sé dónde está. Creo que eso es lo que más miedo me da de lo que me está pasando, no reconocerme, mirarme y pensar que antes tenía ganas de tantas cosas y ahora no sé ni qué quiero.
Ojalá pueda ser una niña siempre, porque cuando todos somos pequeños la vida es mucho más fácil.
Yo siempre imaginé que hacerse mayor era algo que simplemente pasaba, que un día te despertabas y ya sabías qué querías hacer con tu vida, quién querías ser y hacia dónde querías ir.
Pero no funciona así o por lo menos yo no he tenido esa suerte. Estoy en ese momento justo de la vida en el que parece que todo el mundo espera algo de mí, que tenga claro qué quiero estudiar, qué quiero hacer, que empiece a construir mi futuro, que tome decisiones importantes y que, de alguna manera, sepa lo que estoy haciendo y la verdad es que no lo sé.
A veces siento que no cumplo las expectativas de nadie, ni las de los demás, ni siquiera las mías y es extraño porque parece que debería estar disfrutando de esta etapa, pero muchas veces lo único que puedo pensar es en todo lo que todavía no sé.
Siento que todo el mundo avanza y que yo me he quedado un poco atrás, mirando cómo los demás parecen tener sus vidas más o menos planeadas mientras yo intento descubrir qué quiero hacer con la mía.
Y lo que realmente me da mas miedo es crecer y descubrir que no me he convertido en la persona que esperaba ser, que pase el tiempo y siga sin saber qué quiero o tome decisiones equivocadas, que decepcione a más gente o que mire atrás y piense que debería haber hecho las cosas de otra manera.
Pero supongo que nadie nos explica realmente cómo se hace esto de crecer y simplemente llega un momento en el que empiezan a preguntarte qué vas a hacer con tu vida y tú tienes que intentar encontrar una respuesta, aunque por dentro todavía sientas que estás intentando entender quién eres y quizás está bien no tener todas las respuestas.
Creo que no le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo a todo lo que viene después.
Me da miedo pensar que algún día voy a cerrar los ojos y no voy a volver a abrirlos. Que llegará un momento en el que esta vida, esta versión de mí, todos mis recuerdos, mis personas, mis problemas y todas esas cosas que ahora parecen tan importantes simplemente dejarán de existir para mí.
Me da miedo pensar que un día será la última vez que vea a las personas que quiero y no voy a saber que es la última vez. La última vez que abrace a mi madre. La última vez que me ría con mi amiga. La última vez que duerma con él.
Quizá eso es lo que más miedo me da. No saber cuándo es la última vez.
Porque si supiera que una conversación va a ser la última, probablemente escucharía más. Si supiera que un abrazo va a ser el último, no lo soltaría tan rápido. Si supiera que esa noche es la última, intentaría memorizar cada detalle para poder llevármelo conmigo.
Vivimos pensando que tenemos tiempo. Que mañana podremos decirlo. Que otro día podremos volver a vernos. Que todavía quedan cumpleaños, viajes, conversaciones a las tres de la mañana, cafés, discusiones absurdas, reconciliaciones y miles de momentos que todavía no han ocurrido.
Y quizá por eso la muerte me parece tan injusta. Porque no avisa.
No espera a que estés preparada. No espera a que hayas cumplido tus sueños, a que hayas dicho todo lo que necesitabas decir o a que hayas querido lo suficiente a las personas que tenías que querer.
Y yo todavía no estoy preparada para que algún día mi vida se convierta en recuerdos. Para pensar que todo lo que hoy me preocupa, todo lo que hoy me hace llorar, todo lo que hoy me parece el fin del mundo, algún día no significará absolutamente nada.
Me da miedo desaparecer pero creo que todavía me da más miedo ser olvidada.
Pensar que algún día alguien dirá mi nombre por última vez. Que habrá una última persona que recuerde mi voz, mi forma de reírme, las cosas que me gustaban y todas esas pequeñas partes de mí que me hacen ser yo y después, con el paso de los años, quizá nadie se acuerde.
Quizá eso sea lo que más me cuesta aceptar y a veces pienso en eso y me entra una angustia que no sé explicar. Qué significa morir? Dejar de pensar? Dejar de sentir?
Es difícil enamorarse por segunda vez, y más si es de la misma persona, porque ya sabes cómo terminará esa historia.
Estuve nueve meses amándote y seis odiándote, y todavía me cuestiono por qué coño quiero volver a sentir ese dolor. Por qué, después de todo lo que me costó olvidarte, de todas las noches en las que intenté convencerme de que ya no te quería, de todas las veces que repetí que nunca volvería a verte, aquí estoy otra vez, mirándote como si nunca hubiera pasado nada.
Me aferré durante mucho tiempo a pensar en ese dicho de que eras la persona correcta en el momento incorrecto. Quizá necesitaba creerlo para encontrarle algún sentido a todo lo que vivimos, para pensar que quizá algún día, cuando los dos hubiéramos crecido, cuando hubiéramos aprendido a querernos de la manera correcta, nuestras vidas volverían a encontrarse.
No eres la persona correcta para mí y los dos lo sabemos. Quizá nunca lo fuimos. Quizá simplemente fuimos dos personas que se quisieron, pero que no supieron quererse bien. Dos personas que llegaron a la vida del otro para dejar una huella que, por mucho que intentemos borrar, siempre va a estar ahí.
Y aun así, ahora que tengo otra oportunidad de enamorarme de ti, lo haré. Lo haría una y mil veces. Porque sigues siendo ese niño que ha crecido sin creer en el amor. Ese niño que, con solo dieciocho años, ha vivido más cosas de las que muchas personas vivirán en toda su vida.
Amo cuando me cuentas tus historias. Amo cuando me expresas tu dolor, tus miedos, tus heridas y todas esas cosas que normalmente escondes con una sonrisa. Tus ojos chinitos cuando sonríes, la forma en la que me miras sin darte cuenta de todo lo que provocas en mí. A veces pienso que Dios finalmente me ha escuchado. Que después de tanto pedir, después de perderte y de tanto intentar olvidarte, me está regalando unos minutos más contigo.
Quizá esta sea nuestra última oportunidad. Y precisamente por eso quiero vivirla. No quiero pensar en el final mientras todavía puedo disfrutar del ahora. No quiero pasarme esta oportunidad intentando protegerme del dolor que algún día pueda llegar. Porque si algo aprendí durante esos seis meses odiándote es que incluso cuando te odiaba, seguías importándome. Incluso cuando intentaba convencerme de que ya no sentía nada, había una parte de mí que seguía esperando volver a encontrarte.
Sé que probablemente esto vuelva a terminar y sé que puede que algún día vuelva a odiarte. Que vuelva a llorarte, que vuelva a preguntarme por qué te elegí otra vez cuando ya sabía cómo acababa nuestra historia. Sé que quizá volveremos a hacernos daño y que esta vez el golpe podría doler incluso más, pero prefiero arriesgarme.
Prefiero quererte una última vez a quedarme toda la vida preguntándome qué habría pasado si lo hubiéramos intentado una vez más. Porque tal vez no eres el amor de mi vida. Tal vez eres solamente el amor que más me ha enseñado. El que me enseñó que amar a alguien no siempre significa que esa persona sea buena para ti. Que puedes querer a alguien con toda tu alma y, aun así, saber que no está hecho para quedarse.
Pero hoy no quiero pensar en eso. Hoy quiero mirarte y volver a enamorarme de ti como si fuera la primera vez. Quiero volver a conocer cada parte de ti, incluso aquellas que ya conozco. Quiero volver a escuchar tus historias, volver a perderme en tus ojos, volver a reírme contigo y volver a sentir esos nervios tonto que solo tú consigues provocarme.
Y si al final todo vuelve a romperse, que así sea. Al menos esta vez no me iré con la duda. Porque ahora que tengo una última oportunidad de enamorarme de ti, y no quiero desaprovecharla. Quiero quererte sabiendo el riesgo. Sabiendo que puede doler. Sabiendo que quizá esta historia ya tiene escrito su final. Y aun sabiéndolo todo, te elegiría. Una última vez. Aunque después tenga que aprender, otra vez a olvidarte.