BLOG ACTIVO!!! SUBO UNA ENTRADA DIARIA, HABLANDO DE MI VIDA O COSITAS INTERESANTES ;)
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lunes, 31 de agosto de 2026

Empezar de cero

Hoy me ha pasado algo que todavía no sé muy bien cómo asimilar. Creo que podría estar horas escribiendo sobre esto y aun así sentiría que no sé cómo explicarlo, porque todo ha pasado demasiado rápido. Esta mañana he recibido una llamada de mi prima y, sinceramente, cuando he visto que era ella no podía imaginarme ni de lejos lo que me iba a decir.

Me ha llamado para decirme que tengo un trabajo en otra ciudad y que puedo irme a vivir con ella. Así, sin más. Y creo que todavía estoy intentando entender que esto es real. Que en dos días me mudo. Que en dos días voy a recoger mis cosas, voy a despedirme de mi casa y voy a empezar a vivir en otro sitio.

Estoy muuuuuy emocionada y tengo una sensación dentro que no sé explicar, como si de repente se hubiese abierto una puerta que ni siquiera sabía que estaba ahí. Siento que por fin tengo una oportunidad de empezar de cero, de alejarme de todo lo que me estaba haciendo daño y de construir algo que sea mío. Y después de cómo estaba ayer, es todavía más extraño. Anoche lo estaba pasando bastante mal, tenía la cabeza llena de cosas y no sabía muy bien qué hacer conmigo misma, y de repente llega esta mañana y recibo una llamada que cambia completamente mis planes.

Es de esas cosas que parecen sacadas de una película. Ayer estaba mal y hoy estoy pensando en hacer una maleta porque en dos días me voy a otra ciudad. Y no voy a mentir, también tengo miedo porque una cosa es imaginarte alguna vez viviendo lejos, siendo independiente, teniendo tu propia vida y haciendo tus cosas, y otra muy diferente es que de repente alguien te diga que puedes hacerlo y que tienes que estar preparada prácticamente ya.

Me voy a ir de casa de mis padres y creo que esa es una de las cosas que más me cuesta asumir. Por mucho que tenga ganas de empezar una vida diferente, sé que voy a echarlos de menos. Ya no voy a estar aquí como siempre, no voy a tener esa sensación de que todo está donde lo dejé, de que puedo volver a mi habitación y encontrarme con mi vida de siempre. Voy a estar en otra ciudad, en una casa diferente y con una rutina completamente nueva.

Y también están mis dos mejores amigos. Eso es lo que más tristeza me da, pensar que voy a alejarme de ellos me rompe un poco por dentro, porque no quiero que la distancia cambie nada. Pero aun así, por encima de todo eso, hay una parte de mí que está feliz porque sé que ellos se alegran por mi.

Y se que necesito salir de aquí. Necesito respirar otro aire, conocer gente nueva, construir mi vida… y lo mejor de todo es que no voy a estar completamente sola. Tengo muchísima suerte de poder irme a vivir con mis dos primas. Supongo que eso hace que todo dé un poquito menos de miedo. 

Y para ser más sincera lo que me da más alegría es irme de un lugar en el que no estaba siendo feliz. Me voy de un sitio en el que han pasado cosas y donde hay personas que me han hecho mucho daño y aunque no sé si realmente se puede empezar de cero, porque al final sigues siendo tú allá donde vayas lo voy a intentar.

Y no sé si llamarlo destino, casualidad o simplemente una de esas cosas rarísimas que pasan en la vida. Pero después de la noche que tuve ayer, que esta mañana haya aparecido esta oportunidad me hace sentir que quizá el universo tenía guardada una sorpresa para mí y de verdad estoy tan agradecida.

Agradecida por mis primas, por esta oportunidad y por poder hacer algo que hasta hace nada parecía imposible. También estoy agradecida por las personas que quiero y que voy a dejar aquí, aunque duela, porque sé que irme no significa dejar de quererlas.

Y quizá algún día vuelva a leer esta entrada y me acuerde de lo asustada que estaba hoy. Quizá me ría al pensar en todas las cosas que ahora me preocupan y que dentro de unos meses ya serán normales o quizá recuerde este momento como el día en el que, sin esperarlo, mi vida empezó a cambiar.

Un mes sin ti

Esta madrugada me ha llamado mi ex. Y todavía me cuesta un poco asimilarlo porque, sinceramente, era una llamada que no esperaba. Además, justo hoy hacía un mes que estábamos en contacto cero. Un mes entero sin hablar, sin saber el uno del otro, sin escuchar su voz. Y justo hoy, después de todo este tiempo, ha decidido llamarme simplemente para preguntarme cómo estoy. Ha sido por una tontería, no ha habido ninguna conversación de verdad ni nada especialmente importante detrás de la llamada, pero agradezco que haya querido saber cómo estoy. Supongo que, aunque ya no estemos como antes, hay una parte de mí que sigue valorando muchísimo que se acuerde de mí y que quiera saber cómo estoy.

Pero después de colgar me he quedado pensando en todo. Sobre todo en el momento en el que ha decidido hacerlo. Porque yo llevo un mes entero pensando en él. Todos los días. No ha habido prácticamente un solo día en el que no haya tenido ganas de llamarlo, de escribirle, de contarle cualquier cosa, de preguntarle cómo está o simplemente de escuchar su voz. Y no lo he hecho. No porque no quisiera, sino precisamente porque quería hacerlo demasiado. He tenido que frenarme todos los días y recordar por qué estaba haciendo esto. Porque este contacto cero lo estaba haciendo por mí, para intentar mejorar, para recuperarme, para dejar de depender de tener noticias suyas para sentirme bien. Y durante todo este mes he tenido que convivir con las ganas de buscarlo y aun así he conseguido no hacerlo.

Por eso me ha cabreado tanto que hoy haya sido él quien me ha llamado. Porque no puedo evitar pensar que después de todo este mes, después de treinta días en los que yo he pensado en él prácticamente a diario, a él le ha dado hoy por pensar en mí y llamarme. Y no sé por qué me afecta tanto pensar en eso, pero lo hace. Quizá porque me hace preguntarme si me ha echado de menos, si ha pensado en mí durante este tiempo, si alguna vez ha tenido las mismas ganas de llamarme que yo he tenido de llamarlo. Y sé que probablemente no debería darle tantas vueltas, porque una llamada para saber cómo estoy no significa necesariamente nada más. Pero es inevitable que mi cabeza empiece a buscarle un significado a todo.

Y lo peor, o quizá lo más bonito y a la vez lo más doloroso, ha sido volver a escuchar su voz. Solo han sido cinco minutos, pero para mí ha sido como si de repente todo este mes desapareciera. Ha sido escucharle y acordarme inmediatamente de nuestras conversaciones de horas, de esa facilidad que teníamos para hablar durante muchísimo tiempo, de cómo podíamos empezar hablando de cualquier tontería y terminar contándonos absolutamente todo. Durante esos cinco minutos he sentido algo parecido a estar otra vez ahí, en ese momento en el que todavía hablábamos con normalidad y él formaba parte de mis días.

Y después he colgado y me he dado cuenta de que para él quizá solo han sido cinco minutos. Una llamada para saber cómo estoy, un pequeño gesto y ya está. Pero para mí no han sido solo cinco minutos. Han sido cinco minutos capaces de traer de vuelta muchísimas cosas que llevaba un mes intentando colocar en su sitio. Todo lo que había conseguido aguantar, todas las veces que había querido escribirle y no lo había hecho, todas las veces que me había repetido que necesitaba este tiempo para mí. Y de repente, escuchar su voz ha hecho que vuelva a sentirlo todo mucho más cerca.

No sé qué significa esta llamada y tampoco quiero inventarme un significado que quizá no tiene. No sé si simplemente quería saber cómo estaba, si me había echado de menos, si llevaba días pensando en llamarme o si simplemente hoy se acordó de mí y decidió hacerlo. No lo sé. Y quizá lo más sano sea aceptar que no puedo saberlo.

domingo, 30 de agosto de 2026

El primer amor nunca se olvida

Creo que el primer amor tiene algo que los demás no tienen. No necesariamente porque haya sido el mejor amor de nuestra vida. Ni porque esa persona fuera perfecta. Ni siquiera porque queramos volver. Simplemente fue la primera vez.

La primera vez que alguien nos puso nerviosos de verdad. La primera vez que esperamos un mensaje mirando el móvil. La primera vez que nos imaginamos un futuro con otra persona y pensamos que quizá podía ser para siempre. Y creo que por eso cuesta tanto olvidarlo.

Porque no solo recordamos a esa persona. Recordamos quiénes éramos nosotros cuando estábamos con él. Yo creo que muchas veces cuando decimos que echamos de menos a nuestro primer amor, en realidad también echamos de menos una versión de nosotros mismos. Una versión que sentía todo por primera vez, que se ilusionaba muchísimo con cosas pequeñas y que todavía no sabía cómo podían terminar algunas historias.


Con el tiempo aprendemos que no todas las personas se quedan, que querer a alguien no siempre es suficiente y que algunas historias terminan aunque no queramos. Pero eso no hace que lo vivido deje de ser importante.


De hecho, creo que no necesitamos olvidar a nuestro primer amor para seguir adelante. Podemos recordarlo sin querer volver. Podemos agradecer lo que nos enseñó y aceptar que pertenece a una parte de nuestra vida que ya pasó.


Quizá el primer amor nunca se olvida porque no es solamente una persona. Es un momento de nuestra vida que no podemos volver a vivir por primera vez. Y supongo que eso es lo que realmente echamos de menos.

Por qué nos atrae lo que nos hace daño?

Hay algo bastante absurdo en nosotros, muchas veces sabemos perfectamente qué cosas nos hacen daño y aun así volvemos a ellas.

Sabemos que una persona no nos conviene, pero miramos si está conectada. Sabemos que una canción nos va a hacer pensar en algo que queremos olvidar y la ponemos igualmente. Sabemos que abrir una conversación antigua probablemente no nos va a ayudar y aun así la abrimos.


Entonces, por qué?


Supongo que porque no siempre queremos aquello que nos hace bien. A veces queremos aquello que conocemos. Y aunque algo nos haga daño, si estamos acostumbrados a ello, dejarlo también da miedo.


Creo que también confundimos mucho la intensidad con los sentimientos. Pensamos que si algo nos hace sentir muchísimo tiene que ser importante. Y quizá sí lo sea, pero no significa que sea bueno para nosotros.


Hay personas que nos hacen sentir cosas que no sabemos explicar. Nos pueden hacer llorar, enfadarnos, ilusionarnos y volver a caer en lo mismo una y otra vez. Y a veces tardamos muchísimo en entender que echar de menos una sensación no significa que debamos volver a buscarla.


Quizá lo difícil no es saber que algo te hace daño. Lo difícil es aceptar que aun sabiéndolo puedes seguir queriéndolo.

sábado, 29 de agosto de 2026

Las drogas

No sé muy bien cómo empezar a contar todo esto, porque siento que hay demasiadas cosas que decir y, al mismo tiempo, no sé ni por dónde empezar. Antes de todo esto yo era una chica bastante animada. Siempre me ha gustado salir, estar con mis amigos, ir de fiesta, hacer planes y simplemente disfrutar. En mi pueblo el tema de las drogas siempre ha estado bastante presente. No era algo que estuviera lejos de mí ni que fuera difícil de encontrar, sino todo lo contrario, siempre habían estado ahí, prácticamente al alcance de mi mano. Yo ya las había probado alguna vez, pero nunca pensé que acabarían convirtiéndose en algo tan importante y tan destructivo en mi vida.

Todo empezó de verdad a principios de un junio, y empezó por mi primer amor. Creo que esta es una de las partes que más me cuesta reconocer, porque durante mucho tiempo pensé que simplemente lo hacía porque quería, pero ahora, mirando las cosas desde otra perspectiva, sé que había mucho más detrás. Yo tenía un pensamiento constante en la cabeza, si yo no hacía lo mismo que él, no le podía gustar. Quería compartir todo con él, quería estar en su mundo y demostrarle que podía hacer lo mismo que él. Pensaba que si no consumía, si no hacía lo que él hacía, quizá no iba a ser suficiente para él. Y sin darme cuenta empecé a hacer cosas que probablemente, si hubiera estado sola y hubiera pensado realmente en mí, no habría hecho.

A principios de junio empezamos a drogarnos juntos y prácticamente todos los días de aquella semana acababa consumiendo con él. En ese momento no pensaba demasiado en las consecuencias. Era algo que hacíamos juntos y, dentro de mi cabeza, incluso podía llegar a parecer algo especial porque lo compartía con la persona que quería. Pero pasaron los días, las semanas y los meses, y aquello dejó de ser algo puntual. Se convirtió en una rutina. Una rutina que cada vez necesitaba más y que terminó formando parte de mi día a día sin que yo me diera cuenta de hasta qué punto estaba entrando en ella.

Cuando lo dejamos por primera vez, esa rutina se terminó, pero mi necesidad de consumir no. Y creo que ahí empezó realmente la parte más jodida de todo. Ya no estaba él, pero yo seguía teniendo aquello en mi cabeza. Empecé a salir de fiesta y siempre terminaba fatal. Ya no salía simplemente para pasármelo bien con mis amigos, sino que parecía que siempre tenía que acabar consumiendo. Poco a poco las fiestas dejaron de ser divertidas y empezaron a ser una excusa para volver a hacer lo mismo. Cada vez me sentía peor, pero aun así continuaba.

Hasta que llegó un momento en el que dejé de querer salir. Me encerré en casa y podía estar colocada durante todo el día. Dejé de juntarme con mis amigos y empecé a alejarme también de mi familia. Me estaba aislando completamente y, aunque seguramente desde fuera se podía notar que algo me estaba pasando, yo estaba tan metida dentro de aquello que no sabía cómo salir. Mi vida empezó a reducirse a estar en casa, consumir y esperar a que pasara el día. Y lo peor es que yo sabía que no estaba bien, pero aun así seguía haciéndolo.

Después llegaron las paranoias y la despersonalización. Empecé a sentir cosas que nunca había sentido antes y que me daban muchísimo miedo. Era como si no estuviera completamente dentro de mí, como si estuviera viviendo mi propia vida desde fuera. Me costaba reconocerme y muchas veces tenía miedo de lo que podía pasar por mi cabeza. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que eso no era para mi. Me estaba afectando de verdad y me estaba convirtiendo en alguien que ni siquiera reconocía.

Entonces decidí dejarlo. Pero dejarlo no fue tan fácil como simplemente decidir que no quería volver a consumir. Después de unos siete meses consumiendo prácticamente todos los días, pasé otros meses intentando dejarlo, pero tuve muchas recaídas. Había semanas en las que pensaba que por fin lo estaba consiguiendo y, de repente, volvía a hacerlo. Me decía a mí misma que esa sería la última vez, que ya había aprendido la lección y que no iba a volver a caer, pero acababa pasando otra vez. Y cada recaída me hacía sentir todavía peor, porque además de estar luchando contra el consumo, también estaba luchando contra la decepción que sentía conmigo misma.

En total fueron alrededor de doce meses de mi vida en los que siento que estuve completamente perdida. Siete de esos meses fueron especialmente fuertes porque consumía prácticamente a diario, y los otros meses fueron un intento constante de dejarlo, con recaídas semanales que hacían que pareciera que nunca terminaba de salir. Doce meses pueden parecer poco cuando los comparas con toda una vida, pero cuando los has vivido así, se sienten larguísimos. Siento que en esos doce meses cambié muchísimo y que perdí una parte de mí que todavía estoy intentando recuperar.

Ahora llevo desde mayo limpia y estoy bien. Y sé que debería quedarme únicamente con eso, con que lo he conseguido y con que ahora estoy mucho mejor, pero hay algo que todavía me cuesta muchísimo. No sé quién era yo antes de todo esto. Cuando intento recordar cómo era antes de empezar a consumir, siento que estoy pensando en otra persona. Recuerdo a una chica que salía, que se reía con sus amigos, que estaba con su familia y que tenía una vida completamente diferente, pero me cuesta sentir que esa chica sigo siendo yo. A veces incluso me pregunto qué cosas de mi personalidad eran realmente mías y cuáles fueron cambiando durante todo ese tiempo.

Creo que una de las cosas que más me ha hecho pensar es que todo empezó porque quería gustarle a alguien. Quería ser suficiente para una persona y terminé dejando de ser suficiente para mí misma. Hice cosas pensando que así conseguiría que alguien me quisiera más, y al final fui yo la que acabó perdiéndose por el camino. Ahora entiendo que no debería haber tenido que demostrarle nada a nadie. Si alguien te quiere, no tienes que destruirte para encajar en su mundo.

No sé si algún día voy a volver a ser exactamente la persona que era antes. Y, siendo sincera, tampoco sé si quiero serlo. Después de todo lo que ha pasado, supongo que ahora me toca conocerme otra vez. Aprender quién soy realmente, sin depender de alguien, sin necesitar estar colocada para sentir algo o para escapar de lo que tengo en la cabeza. Quiero volver a disfrutar de las cosas normales, de estar con la gente que quiero, de salir y pasármelo bien sin necesitar nada más.

Protegerme de lo inevitable

Durante gran parte de mi vida he vivido una especie de montaña rusa emocional. He tenido épocas en las que sentía que todo era perfecto. No simplemente estaba feliz, era una felicidad mucho más intensa, como una euforia. Me despertaba y sentía que mi vida tenía sentido, que todo estaba en su sitio, que podía con cualquier cosa, disfrutaba de cada pequeño detalle y tenía la sensación de estar exactamente donde quería estar.

Pero, de repente, todo cambiaba. Sin saber muy bien cómo ni por qué, llegaban épocas completamente distintas. Momentos en los que no sabía qué hacer conmigo misma, en los que no quería continuar con nada y en los que aquella vida que unos días antes me parecía maravillosa dejaba de tener sentido.

Y durante mucho tiempo viví esperando ese cambio. Ese era uno de mis mayores errores. Cuando estaba en uno de esos momentos de euforia, en lugar de disfrutarlo completamente, una parte de mí ya estaba pensando en cuándo se acabaría. Me decía que aquello no podía durar. Que tarde o temprano vendría el golpe. Y, casi sin darme cuenta, empezaba a sabotear mi propia felicidad. Intentaba estar triste antes de tiempo, apagar un poco la felicidad mientras todavía la tenía, como si así pudiera hacer que el futuro doliera menos.

Pensaba que si yo misma provocaba la caída, quizá la caída no sería tan fuerte. Como si anticipar el dolor pudiera protegerme de él. Pero no funcionaba. Porque cuando llegaba el momento difícil, seguía doliendo. Y, además, había conseguido algo todavía peor, había convertido los momentos felices en momentos de miedo.

No estaba viviendo el presente. Estaba preocupándome por su final. Y creo que eso es algo que hacemos mucho más de lo que pensamos. Nos cuesta disfrutar de las cosas buenas porque sabemos que no son eternas. Nos da miedo encariñarnos demasiado con una etapa porque sabemos que algún día terminará. Tenemos miedo de perder a las personas, de que cambien las circunstancias, de que aquello que hoy nos hace felices mañana ya no esté.

Y entonces intentamos prepararnos, intentamos sufrir un poquito antes. Pero hay algo que he ido entendiendo con los años, sufrir antes no hace que duela menos después. Solo hace que suframos dos veces. Porque el tiempo va a seguir pasando hagamos lo que hagamos.

Las etapas terminarán, las personas cambiarán, algunas se irán, otras llegarán… Habrá días increíbles y habrá días que querremos olvidar, habrá momentos en los que sentiremos que tenemos el mundo entero en nuestras manos y otros en los que no sabremos ni siquiera cómo levantarnos de la cama. Y no podemos controlar todo eso.

Durante mucho tiempo pensé que tenía que aprender a controlar lo que me pasaba para poder estar bien. Ahora creo que se trata más bien de aprender a aceptar que no puedo controlar lo que ocurre, pero sí puedo intentar decidir qué hago con aquello que me ocurre. Por eso ahora intento recordar algo muy sencillo, si hoy estoy viviendo un momento feliz, no quiero arruinarlo por miedo a que mañana deje de serlo.