
Algunas aparecen en un momento concreto de nuestra vida, nos hacen sentir cosas que nunca habíamos sentido, nos enseñan algo sobre nosotros mismos y, cuando menos te lo esperas, sus caminos y el tuyo empiezan a separarse y aunque al principio cuesta entenderlo y te preguntas qué hiciste mal, por qué cambió todo o por qué esa persona que antes estaba todos los días ahora parece una completo desconocido, piensa que quizá no siempre tiene que haber un culpable.
Hay personas que llegan para acompañarte durante años y otras que solo están durante unos meses, algunas se quedan para siempre y otras simplemente forman parte de un capítulo de tu vida y eso no significa que lo que viviste con ellas haya sido menos importante, porque aunque una persona desaparezca, lo que viviste con ella no desaparece. Se quedan las conversaciones, las risas, los momentos que nunca piensas olvidar, las canciones que ahora te recuerdan a él y hasta las pequeñas cosas que aprendiste gracias a esa persona.
A veces alguien entra en tu vida para enseñarte a querer, otras veces para enseñarte a poner límites, o para enseñarte lo que quieres, y aunque duela que esa persona ya no esté en tu vida, supongo que crecer también consiste en aprender a dejar ir.
No quiero decir que sea fácil o que tengas que olvidar a alguien simplemente porque ya no está, porque puedes echar de menos a una persona y, al mismo tiempo, saber que ya no quieres que vuelva a tu vida, puedes querer a alguien y entender que vuestros caminos ya no van en la misma dirección, quizá esa gente viene para acompañarte durante una parte del camino, dejarte una historia, una enseñanza, un recuerdo… y después continuar su propio viaje.
Y aunque al principio solo puedas pensar en que se han ido, algún día quizás puedas mirar atrás y pensar qué suerte haber coincidido contigo en aquella parte de mi vida, porque no todas las personas tienen que quedarse para haber sido importantes y algunas simplemente fueron parte del viaje.
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