
Durante mucho tiempo intenté ocultar mis cicatrices de mil maneras. Con manga larga incluso en verano, con maquillaje, buscando siempre la forma de que nadie las viera. Y no era solo esconderlas, era estar constantemente pendiente. Pendiente de si se había subido una manga, de si alguien había mirado demasiado, de si la luz hacía que se notaran más, de si alguien iba a preguntar… y llega un momento en el que ese esfuerzo cansa, y cansa muchísimo.
Cansa mentalmente estar pensando todo el tiempo en cómo tapar una parte de ti o que tienes que controlar cada movimiento para que aquello que llevas en la piel no quede al descubierto. Hasta que, poco a poco, llegas a un punto en el que simplemente te da igual y no porque deje de doler.
Los comentarios siguen doliendo. Algunos han dolido tanto que he llegado a llorar por ellos. Porque cuando alguien opina sobre nuestras cicatrices, muchas veces no sabe absolutamente nada de lo que hay detrás. No sabe lo que vivimos, lo que sentimos, lo que nos costó llegar hasta donde estamos. Solo ve unas marcas en la piel y cree que tiene derecho a juzgarlas, pero esas marcas cuentan una historia. Una historia que solo yo conozco completamente y nadie más.

No quiero vivir pendiente de si alguien las ve. No quiero volver a sentir que tengo que taparme porque alguien pueda hacer un comentario. No quiero pasar otro verano escondida bajo una manga larga por miedo a una mirada.
Porque al final, quien quiera juzgar, juzgará. Quien quiera hablar, hablará. Y aunque duela, estoy aprendiendo que no puedo vivir intentando controlar lo que los demás piensan de mí.
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